Este es un blog de Letras Mágicas. Letras mágicas, que traigo de mundos lejanos, mundos fantásticos. Letras Mágicas que encuentro a la vuelta de la esquina, donde la magia también existe pero pasa desapercibida. Letras Mágicas que nacen en noches de cielo estrellado, noches tristes, silenciosas. noches de insomnio.
Letras Mágicas que aparecen en días soleados, en tardes de primavera, entre mates y sonrisas, como melodías que nos alegran el corazon.
Letras Mágicas que desentierro con él viento de la imaginación.
Esto es Letras Mágicas, un blog de historias y relatos, de cuentos y poesía, míos y de alguien más, de cualquiera que me preste sus Letras Mágicas para compartirlas.
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domingo, 10 de julio de 2016

Letras Mágicas — La mujer que no supe perdonar— Fernando Dario

—La mujer que no supe perdonar—

Estábamos sentados junto a la mesa, la miraba fijamente tratando de despreciarla un poco menos. No había más que decir, ella bostezó. Cada tanto su sonrisa sardónica me provocaba. Como siempre ella creía saber lo que iba a pasar, estaba segura de que estábamos en su viejo y enfermo juego, así que simplemente me ignoraba.
Me puse de pie, ella empezó a jugar con una sucia moneda de veinticinco centavos, la hacía girar con una mano, miraba como dejaba de girar y luego volvía a empezar. La cabeza la sostenía con la otra mano. No podía ver su rostro, el largo y oscuro pelo se lo tapaba. Me acerque a ella que con su habitual indiferencia no se inmuto. Le susurre unas palabras al oído, las palabras que había encontrado en el vómito de mi orgullo. Le di la espalda y caminé hacia la puerta, no pude verlo con mis ojos, pero estoy seguro que volvió de su trance, de su lunática galaxia y abrió los ojos de par en par, sentí sus ojos perseguirme e intentar ser puñales para lastimarme. Sonreí. La pistola la había dejado al alcance de su mano, una sola bala, estaba seguro que ella sabría usarla, con la sabiduría de los que no saben nada. Cerré la puerta despacio, hice girar la llave, me quité los zapatos, no sé cuál fue el motivo de sacarme los zapatos, no lo supe en aquel momento,  lo supe sólo unos segundos después. Apoyé la silla contra la puerta y encendí un cigarrillo.
Sabía que ella intentaría escapar, que me rogaría salvarla. Yo espere paciente, era la primera vez en años de servicio a su amor, que ninguna de sus maldiciones ni promesas me podría afectar. Ella siguió golpeando, arañando y pateando la puerta, luego escuche sus amenazas. Mire el reloj sin mirar y luego sucedió. El estruendo, el olor a pólvora, mis pies sintieron una tibieza y se empaparon con su sangre, eso era lo que tanto deseaba, sentirla una vez más, mi inconsciente me había regalado aquel último placer. Espere a terminar el cigarrillo. Me puse los zapatos, me puse de pie, busque en mi bolsillo un pequeño papel que tenía escrito algo para ella, tire el papel por debajo de la puerta y me fui sin mirar atrás.