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viernes, 22 de abril de 2016

Letras Mágicas — Un astronauta y una bruja — Fernando Dario






Esta es una historia inspirada en esta hermosa canción.





—Un astronauta y una bruja—




—¿Que estás haciendo, brujita? —pregunto el astronauta.
La bruja no le prestó atención, se encontraba ensimismada en la bola de cristal que había comprado hace unas semanas a un tipo que le decían “El Conseguidor”, que según le dijo: “Es la bola del mismísimo Merlín”. La bola de cristal de todas formas no mostraba nada más que el rostro de la bruja.
—Mi nave espacial es la única salvación, la única manera de llegar al sol es yendo en mi nave, te voy a mostrar mis cálculos —el astronauta hurgo en los bolsillos de su traje y sacó un arrugado papel—. Es posible llegar al centro del sol, mediante una fusión, bueno, esto es demasiado complicado de explicar. De todas formas, es pura ciencia, sabes que yo no creo en la magia.
—Tu nave se va a quemar, acabo de verlo en la bola de cristal. También pensé que podríamos llegar en mi escoba, pero se prende fuego mucho antes de que nos acerquemos. Lo único que nos queda es viajar en una burbuja.
El astronauta sonrió con sorna. La bruja solo se quedó mirándolo, no lo miraba a los ojos, se había quedado mirando el extraño traje que tenía puesto. Él le había dicho que era la única manera de estar en el espacio y no morir.
—Ya te dije que no creo en conjuros, ni menjunjes.
—Pero, ¿crees lo del sol? —dijo la bruja mirando para otro lado.
—Sí —dijo el astronauta buscando los ojos de la bruja que habían vuelto a la bola de cristal—. Eso es distinto. El sol es un portal interdimensional, el centro de sol es la puerta. Lo único difícil será llegar, pero una vez ahí, mi traje me va a proteger. Lo único que no se, es que va a ser de vos en el espacio, solo tengo un traje espacial y no puedo pedir otro a la NASA porque siguen enojados conmigo.
—¿Te preocupas por mí? —preguntó la bruja, mirándolo a los ojos.
—Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y…—balbuceo el astronauta.
—Y… y… —repitió la bruja
La bruja se quedó unos segundos más esperando la respuesta, al ver que no llegaba volvió de nuevo sus ojos a la bola.

N

El astronauta y la bruja se habían conocido en el cautiverio de aquella extraña prisión. En lo que era la opinión de la bruja (no compartida por el astronauta) la prisión tenía un poderoso hechizo que le permitía adaptarse al miedo de sus habitantes, lo sabía porque el astronauta juraba estar encerrado en una prisión de altísima seguridad, con cosas tecnológicas y demás, mientras que la bruja solo veía un frío calabozo.
El astronauta, sin embargo, que era un hombre que creía en la ciencia, no tomaba muy en serio aquella teoría sin fundamentos científicos de la bruja.
Ninguno de los dos recordaba cómo se habían conocido o que circunstancias los habían llevado a volverse muy buenos amigos. A veces el astronauta decía: "Nuestra amistad fue generada por una explosión. Como el Big Bang, una explosión que dio origen al universo. Una gran casualidad”.
Para el astronauta también era muy confusa la forma en que había llegado a esa prisión. A veces en sueños veía resquicios de una vida pasada, pero nada era claro, su vida anterior al cautiverio era un cristal hecho pedazos. Cada trozo de cristal lo lastimaba, cada recuerda era un cristal incrustándose en su cabeza. La bruja había sentido compasión por él, ella lo acompañaba en las noches cuando las pesadillas no le permitían conciliar el sueño. En el regazo de la bruja, el astronauta había encontrado la paz que no había tenido en años, sin embargo estos últimos días el asedio había vuelto. Las pesadillas se habían hecho más frecuentes y hasta el regazo de la bruja no podía calmar su dolor. Finalmente había tomado la decisión de escapar.
—Sólo dime cómo hacerlo y lo haré, pero iré sólo. No tienes que arriesgarte por mí. No quiero que lo hagas.
—¿Te preocupas por mí? —pregunto con ternura la bruja.
—Bueno yo... Es que... Es peligroso y tu...
El astronauta se aferraba a la ciencia, y dudaba de todo aquello que no tuviera una explicación lógica, como era de esperarse, el amor no la tenía, no había teorema capaz de resolver cuestiones de amor. De todas formas, estaba seguro de que era amor lo que sentía por ella, pero admitirlo significa resignar los fundamentos que lo habían convertido en un astronauta.
—Las brujas no podemos olvidar y el amor perdido se vuelve un dolor que termina por matarnos.
—Pero es un viaje sin retorno, no hay vuelta atrás —el astronauta estaba con su rostro más serio y preocupado—. Si algo sale mal podríamos morir y…
—¿Y? —lo interrumpió la bruja—. La muerte abre otra puerta interdimensional. Pase lo que pase, cuando yo abra los ojos, sé que voy a ver tu rostro.

8

La bruja también tenía problemas para recordar, pero a diferencia del astronauta que recordar le era doloroso, a la bruja no la inquietaba saber de su pasado. Cada vez que un recuerdo afloraba, ella le prestaba atención un breve instante, pero luego volvía a lo que estaba haciendo. Como alguien que se queda mirando por unos segundos un arco iris y luego sigue su camino. Ella había estado en el peor de los infiernos, lo sabía bien. Había conocido las miserias humanas, había experimentado en carne propio los peores maltratos, pero había sobrevivido. La bruja descubrió un día que, al dolor y la tristeza, simplemente había que ignorarlos, se hacían fuertes porque uno les daba entidad, porque uno mismo lo alimentaba. Pero que también dependía de uno mismo dejarlo ir.
Cuando conoció al astronauta en aquella prisión, sintió lástima de él y al mismo tiempo se vio reflejada. Ella simplemente había intentado darle una mano, pero no estaba en sus planes lo que ahora estaba pasando: se había enamorado. Pero este era un sentimiento que valía la pena darle entidad. Era un sentimiento por el que valía la pena sacrificar todo. Luego de un tiempo intentando enseñarle a ignorar malos sentimientos, había llegado a la conclusión de que era una causa perdida.
Por su parte el astronauta ya no quería saber nada con seguir en la prisión y había tomado la decisión de escapar. Luego de pensarlo una y mil veces llegaron a la conclusión de que la única forma era viajando lejos, pero que la única manera de escapar, podía costarles la vida.
Planearon el escape para al atardecer de un día de septiembre, necesitaban que todavía el sol pudiera verse, pero para esa hora la prisión estaba lleno de los crueles guardias de traje blanco.
El astronauta anotaba todo en un papel con una criptografía que él había inventado.
—Es el día 2 de septiembre, del año… ¿Qué año es, brujita? —pregunto.
—No tengo idea —dijo encogiéndose de hombros, con la misma actitud despreocupada de siempre—. Los católicos tienen su año, los chinos y todas las religiones tienen un año distinto, para mi es el año Uno D.Q.T.C.
—¿D.Q.T.C.? ¿Qué es eso? A.C. Es antes de Cristo, D.C. Es después de Cristo. Esas iniciales no existen.
—Sí que existen, las invente yo, motivo suficiente para que existan y sean reconocidas. —respondió la bruja—. D.Q.T.C. Significa: Después que te conocí.
El astronauta se sonrojo.

N

El mismo sujeto que le había vendido la bola de cristal a la bruja fue el que consiguió los elementos que necesitaban para el escape, estos eran: Una llave, fósforos y una botella de whisky. El astronauta le había prometido pagarle, pero le había mentido y en realidad tenía la intención de robarle, sin embargo, a último momento el sujeto, conocido como El Conseguidor, les pidió otra cosa.
—¿Un qué? ¡Estás loco! —grito el astronauta agarrándolo del cuello con sus manos grandes y pecosas.
—… De remate, según dicen, pero es un precio justo —dijo El Conseguidor.
La bruja miraba la escena y sonreía.
—¿Un solo beso? —preguntó la bruja. El Conseguidor hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. No es un mal precio. ¿Que opina mi astronauta? No te vas poner celoso, ¿no?
—Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y… —dijo balbuceando.
—Y... y … —repitio la bruja—. Dice que no.
El Conseguidor se sentó en el suelo, cerró los ojos, apretándolos con toda la fuerza que podía y puso los labios como si estuviera comiendo un fideo Spaghetti de un kilómetro. La bruja se puso de rodillas y puso sus manos en los costados de la cabeza del Conseguidor que no cambió la posición de la boca. Los labios de la bruja tocaron con delicadeza los del Conseguidor que creyó por un momento haber tocado el cielo. La bruja sonrió al ver el rostro enfurecido del astronauta.
 —Nos vamos —dijo sin disimular su enojo.

8

El día del escape como era de esperarse, el astronauta era un manojo de nervios y dudas. Que si la llave no abre la puerta, que si los fósforos no prenden, que la burbuja…
 La bruja como era de esperarse estaba con la misma actitud relajada de siempre.
El astronauta insistió, sin embargo, en repasar el mapa que había dibujado en un pedazo de papel, haciendo hincapié en donde los guardias de uniforme blanco podrían estar merodeando.
Lograron atravesar el largo pasillo, cada tanto el astronauta ojeaba el mapa, sus movimientos parecían ser los de un ninja, mientras que la bruja caminaba como si estuviera en un día de campo. Llegaron sin ser vistos hasta la puerta que buscaban, al astronauta le costó meter la llave en el cerrojo, pero cuando la llave abrió sintió una gran emoción.
El astronauta le dio un vistazo a la habitación, era enorme, pilas de cajas repletas de papeles se acumulaban por donde mirara. Sin perder tiempo, empezó a rociar todo con la botella de whisky, cada tanto le daba un pequeño trago. Cuando la botella se acabó, el astronauta encendió con un fósforo una hoja de papel y lo arrojó a una caja donde había rociado whisky, rápidamente se prendió fuego.
Los dos se fueron al centro de la habitación, mientras miraban como empezaba a prenderse fuego los papeles, se acercaron hasta casi quedar pegados el uno al otro.
—¿Seguís enojado por lo del beso con el Conseguidor? ¿También me queres besar? —dijo de repente la bruja.
—Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y…
—Y… y… —repitió la bruja mientras cruzaba sus brazos por la espalda del astronauta.
—Es hora de tu burbuja —dijo el astronauta—. Dale, brujita. Es ahora o nunca.
La bruja permaneció en silencio, una parte del astronauta empezó a dudar, la otra parte se dio cuenta que iban a morir.
—Creo que salió mal, creo que vamos a morir —dijo con un gran pesar el astronauta.
—¿Sabes que me dijo mi mama una vez? —pregunto la bruja.
—¿Que?
—Que cuando la locura se comparte, la cordura es solo un nene envidioso.
—¿Y eso que quiere decir?
—No sé, pero mira arriba, ahí está la burbuja—dijo la bruja y el astronauta levantó la cabeza.
Ante sus ojos una gigantesca burbuja multicolor empezó a cubrirlos, el astronauta que juraba haber estado en el espacio, jamás había visto tantos colores ni belleza. Sin embargo, también empezó a sentir un calor agobiante. ¿Ya estaban cerca del sol?
—La burbuja no creo que soporte, vamos a morir —dijo el astronauta
—Si... ¿Y? Ya morimos muchas veces.
—Bueno... Yo... Soy un hombre de ciencia y... y… —dijo balbuceando el astronauta, sin embargo esta vez el whisky le dio algo de valor y dijo algo más—. Había algo que quería decirte.
—Ya sé lo que vas a decir, pero me lo decís cuando lleguemos, ¿te puedo pedir algo? —dijo la bruja, mientras se acurrucaba en los brazos del astronauta que asentía con la cabeza—. Despertame cuando lleguemos.

El astronauta la abrazó con fuerza y cerró los ojos, mientras todo era consumido por el fuego.