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lunes, 22 de diciembre de 2014

Letras Mágicas — El ladron de arcos — Fernando Dario



—El ladron de arcos—

—El ladron de arcos—

Hace un tiempo leí esta noticia en el diario, no se porque me causo nostalgia y me recordó mis épocas de fútbol con los muchachos de mi barrio. Esta noticia inspiro este relato, que se me hizo largo, para el que tenga ganas de leer.


—El ladron de arcos—


—El ladron de arcos—




SIN OFENDER 

—Llegaste a tiempo, buen trabajo —dijo el señor Weiss. 
El ladrón no dijo nada. 
—¿Son los que te pedi? —pregunto el señor Rot. 
El ladrón asintió. 
—No se que tienen de especial, algo raro debe haber. Decime,¿les hiciste algo a esos arcos? —pregunto Weiss . 
El ladrón lo miró ofendido. 
—¡No me mires asi! La culpa es del señor Rot, no quiero darle nada para que saque ventaja. 
El señor Rot se rascaba la barbilla, no se mostraba ofendido en absoluto. 

EL BARRIO DE LOS APODOS 

La madre le había puesto Luis por el padre, pero desde que se había mudado al barrio San Pedrito, lo habían rebautizado como Pocho y es que en aquel barrio parecía que los nombres con los que se los asentaba en el registro civil carecían de valor, todos en el barrio tenían un apodo, y a esta altura hasta la madre de Luis le decía Pocho. 
Se levantó tarde, le había costado dormir, tenía la sensación de haber dormido apenas un par de horas, la noche se la había pasado dando vueltas, contando ovejas, perros y cualquier animal que se le viniera a la cabeza, pero nada había funcionado. 
No era raro que esto le pasará, cuando tenía algún examen o cuando tenía intenciones de hablarle a alguna compañera de la escuela, sin embargo esta vez era distinto. No podía dormir pensando en el partido de fútbol que tenía que jugar, era la revancha contra el equipo de Chino. El último partido se había jugado la semana pasada. Había sido un partido parejo en el que empezaron ganando y perdieron casi sobre la hora, en un final con todos los condimentos, y que terminó en un tumulto, con piñas de un lado y del otro. 
No se trataba de ninguna liga de fútbol profesional, ni siquiera una liga de barrio, era un clásico partido de barras contra barras. Los amigos de Chino y los amigos de Pocho, eran los del barrio 23 de Agosto contra los del barrio San Pedrito. Era el clásico más importante de todos, por lo menos así lo veían ellos. El clásico ademas tenia otra particularidad, el cabecilla de la otra barra era Chino, uno de los mejores amigos de Pocho, de los primeros amigos que tuvo cuando se mudó al barrio. En esa época jugaban juntos en defensa, ambos hacían una dupla que se complementaba bien y que parecía impenetrable, no hablaban en la cancha, bastaba una mirada, un mínimo gesto y el otro ya sabia que tenia que hacer, a quién marcar, si uno se animaba a atacar el otro se quedaba cubriendo los huecos.También se llevaban bien fuera de la cancha, vivían a sólo un par de casas, se la pasaban todo el tiempo juntos, hasta que un dia Chino se mudó de barrio, porque hasta entonces vivía con su familia en la casa de la abuela, y cuando el padre consiguió casa se mudaron. Chino trato de seguir visitando a sus amigos y jugando al fútbol con ellos, pero después se hizo de amigos en el nuevo barrio y dejo de ir a su viejo barrio. 
Un dia Pocho le sugirio hacer un partido a Chino y sus nuevos amigos, se armo un partido, que empezó siendo bien amistoso, pero que luego se descontroló, a nadie le gustaba perder, así es el fútbol, ni cuando se juega pateando una tapita de gaseosa, ni cuando se hace una pelota de media, ningún partido se juega sin ganas, ningún partido se regala, el fútbol es el fútbol y se juega siempre a ganar. Así lo entendían los chicos de ambas barras y cada partido que se jugaba, se jugaba a ganar como sea. 

UN HOMBRECITO PEQUEÑO, MISERABLE Y RESENTIDO 

El ladrón de arcos se había vuelto un hombrecito pequeño, miserable y resentido. Que de pequeño amo el fútbol, hasta el día que intentó jugar y fue un desastre que sólo causó risas. 
Se decía que sus padres eran excelentes atletas, la madre era nadadora y había ganado numerosos premios, pero nunca se consagró de manera olímpica, porque prefirió dedicarse a terminar sus estudios. El padre era un prodigo en basquetbol, había jugado importantes ligas regionales, pero al igual que la madre prefirió seguir estudiando y juntos se recibieron de abogados. 
A pesar de ser tan buenos atletas y de disfrutar viendo otros deportes, odiaban el fútbol, porque les parecía un deporte desleal. Por eso se horrorizaron cuando descubrieron que su pequeño hijo amaba aquel deporte. Cuando nació el ladrón de arcos, no hubo un gran cariño por parte de la madre, ni el padre. El niño como todo bebé era hermoso, con las mejillas rosadas y la pequeña boquita, cada tanto el bebé sonreía mientras dormía, lo que levantaba sonrisas en las tías y hermanas de los padres, pero que a ellos, no les causaba ninguna emoción en particular. Tampoco sintieron nada cuando tuvo el primer diente, cuando dio los primeros pasos o cuando dijo su primera palabra. Sin embargo, cuando perdieron a su hijo, sufrieron y se arrepintieron. 
Habían tenido un bebé como era de esperarse en una pareja recién casada, sólo por cumplir con los estatutos de una pareja tipo, de la misma manera que se habían casado, todo se hacía de manera automática, como si se tratara de hormigas trabajando y cumpliendo un rol. Cuando a la madre se le termino la licencia por maternidad le pusieron una niñera que prácticamente cuidaba todo el día del niño. 
El ladrón de arcos cuando dio sus primero pasos, y dominó un poco los pies, los empezó a usar para patear, pateaba todo aquello que tuviera forma redonda, y cuando fue un poco más grande, disfrutaba de ver a otros jugando. La casualidad quiso que desde la ventana de su casa hubiera una cancha de fútbol, así que de niño se deleitaba mirando como jugaban. Su gran oportunidad le llegó cuando tenía siete años, fue la primera vez que entro a una cancha a jugar. La niñera lo había sacado afuera y el se fue a sentar frente a la cancha, todos niños de más o menos su edad discutían sobre algo y él miraba esperando que el partido empezará, cuando un niño se le acercó y le pregunto "¿Queres jugar? Nos falta uno para completar". El ladrón de arcos emocionado contestó que sí, y sin siquiera consultar a la niñera se metió a la cancha. 

EL CLASICO MAS IMPORTANTE 


Pocho se despertó sobresaltado. La madre lo había zamarreado un buen rato, hasta que por fin pudo despertarlo. “Baja, que ya esta la comida, y lávate la cara, por lo menos". Pocho vivía con la madre, de su padre tenía un vago recuerdo, sólo recordaba que se la pasaba discutiendo con su mamá y que un día sin decir más se fue para no volver. Pocho había crecido solo, sin hermanos. Sin embargo, había encontrado todo lo que necesitaba con los muchachos de su cuadra, en los barrios la amistad estaba un escalón abajo de la madre, pero uno más arriba que los hermanos. 
La madre trabajaba todo el día y Pocho quedaba con su abuela que vivía cerca y lo dejaba salir a jugar a la pelota. No había ropa especial para jugar al fútbol, si aparecía una pelota, ahí nomás entraba a patear, así sea la ropa de la escuela, o si estaba bien vestido por algún cumpleaños. Pocho era una defensor algo rústico, era flaco y tenía la cabeza cubierta por unos rulos que cuando crecían demasiado le daban el aspecto de una palmera. A pesar de su físico, era bastante fuerte, no dudaba en sacar lejos la pelota, cuando las cosas se complicaban, o tirarse al piso para robar alguna pelota. Además de su increíble resistencia, muchos creían que tenía cinco o más pulmones. Jamás daba una pelota por perdida, llegaba a esas pelotas que otro solo se quedaría mirando. 
La pelea con la banda Chino databa de muchos partidos jugados, cuando no se jugaba por nada eran partidos que se jugaban con pierna fuerte y ahora que le habían agregado el condimento del dinero eran partidos que hacían subir la temperatura. 
Pocho no perdió el tiempo y se puso los botines Diadora que le había comprado hace tres meses su madre y que ahora estaban gastados, según los cálculos de Pocho, dos o tres partidos más y tendría que llevarlos al zapatero para una que otra cosida, no eran botines con tapones, la cancha donde jugaban era una cancha de tierra y que en algunas partes tenia algo de pasto, asi que era unos botines para jugar fútbol cinco con otro tipo de suela. Se vendo cuidadosamente los tobillos con una venda elástica que ya estaba de color amarilla y acartonada por algunos partidos usada y sin lavar, se puso un pantalón corto negro con un escudo bordado de Boca y una remera blanca lisa. Se lavó los dientes y la cara, se mojó un poco los rulos y bajo a comer. 
—¡Buen día! ¿No? —dijo la madre de Pocho—. ¿Te vas a jugar a la pelota? 
—Término de comer y me voy —respondió Pocho que ya se había sentado en la mesa y sin perder el tiempo comía. 
—Tenes que estar acá, antes de las siete que tengo que salir —la mamá miró a su hijo que asintió con fastidio—. Cuando termines tu partidito, te venís urgente para la casa. 
—¿Partidito? ¿Como que partidito? —pregunto Pocho con un fastidio que se hacía evidente con un ceño fuertemente fruncido, a la madre le recordó al padre. 
Se quedó unos segundos mirando a su madre, pero desistió de discutir y explicar lo que significaba aquel partido, las consecuencias que tendría un mal resultado en su estado de ánimo, la presión que significaba para todo su grupo volver a perder. La madre de Pocho continuó hablando y él movía la cabeza afirmativamente, sin prestar mucha atención a lo que decía. Después de comer la ayudó a levantar la mesa, y se puso a lavar los platos. Pocho no quería fastidiar a su madre, así que trato de no hacerla enojar de ningún modo, le pidió algo de plata, le dio un beso en la mejilla y se fue a jugar el partido más importante del año. 

LAS QUE SE IBAN AFUERA, LAS METIA 

Nadie hubiera podido explicar la emoción que sentía el ladrón de arcos aquel día. Apenas puso los pies en el césped, sintió su corazón latir con mucha fuerza, trataba de respirar normalmente, pero le costaba. 
Los otros chicos se acomodaron de manera natural dentro de la cancha, uno de los chicos le pidió que se quedara en la defensa. Cuando la pelota empezó a rodar, no pasó mucho tiempo que la emoción y alegría se convirtieron en pesar. La primer pelota que le llegó le pasó por debajo de las piernas. La segunda pelota la domino a duras penas, pero uno del equipo contrario, rápido e intuitivo se la robó y marcó un gol. 
Durante un buen rato corrió a los delanteros del equipo contrario, sin poder parar a ninguno. Después de un rato, lo mandaron al arco, esperando que tal vez pudiera agarrar alguna pelota, pero el resultado fue peor. Uno de los chicos le dijo a otro "Hasta las que se van afuera, las mete adentro" Otro chico comento "Es de madera" mientras volvía con la pelotas uno le dijo "¿Nunca jugaste a la pelota?" 
Como era de esperarse, perdieron y por una diferencia abultada. Los chicos se sentaron en el campo de juego y se quedaron cuchicheado, el ladrón de arcos se fue con su niñera. A pesar del papelón que había hecho el ladrón de arcos se sentía contento, había sido su primer partido y había hecho más de lo que podía hacer. 
Al día siguiente fue con su niñera a la cancha, contó a los chicos que estaban jugando y se dio cuenta que faltaba uno. Se sentó confiado a esperar a que lo llamaran, pero no se dieron vuelta a mirarlo, se quedó sentado todo el partido, pero hicieron de cuenta que no existía, pasaban al lado de él sin mirar. El ladrón de arcos se puso a contar nuevamente los jugadores en la cancha y no había duda que faltaba un jugador. Cuando terminó el partido los chicos se quedaron dentro del campo hablando. 
El ladrón de arcos volvió a su casa llorando de tristeza, luego la tristeza fue odio. Se quedó en la ventana viendo la cancha y odiando a los chicos que no lo invitaron a jugar. Todos los días se sentaba junto a la ventana para odiar a los niños que no lo habían invitado a jugar. Pensaba en la manera de vengarse, había pensado que si la pelota llegara a su patio la pincharía con lo primero que encuentre, pero la pelota nunca cayó en su patio. 
Una noche se despertó de madrugada y casi somnoliento miró hacia la cancha desde la ventana y se le ocurrió una idea, busco en un cajón donde su papá guardaba herramientas y sacó una pequeña sierra. Abrío la puerta de su casa y en pantuflas se dirigió a la cancha, no había nadie a esa hora, se escuchaba solamente el sonido del viento y algunos grillos enamorados. 
Tardó casi dos horas en aserrar los arcos. Cuando terminó de cortar los dos caños, los arcos cayeron al suelo y retumbaron causando un fuerte ruido. El ladrón de arcos se puso a cortar desde el travesaño donde estaban soldados. A continuación hizo el mismo procedimiento con el otro arco y cuando terminó volvió con el mayor de los sigilos a su casa. 
A la mañana siguiente se despertó y espero que llegaron los niños. Cuando los vio mirar la cancha con los arcos desarmados no pudo evitar sentir una gran satisfacción y de la nada empezo a reir como un lunático. A pesar de que los niños hicieron unos arcos poniendo unas piedras, el sabía que aquello le quitaba mucha emoción al juego y volvió a reírse. 
Dos semanas después los vecinos del barrio juntaron dinero y llamaron a un soldador que arregló los arcos. Esa misma noche el ladrón de arcos salió con la sierra. Nuevamente se dio a la tarea de cortar los arcos, al día siguiente salió junto a su niñera y se sentó con un vaso de jugo a esperar la llegada de los chicos. Trato de no reír a carcajadas, pero a todos les lanzó una mirada cargada de malicia. 
Cada vez que soldaban los arcos el por la noche iba y los rompía. Cada vez con mayor facilidad, cada vez dominaba mejor la sierra. 
Un día se sentó a mirar como jugaban sin los arcos, en un momento perdió de vista a su niñera y la vio cruzando la calle, ella le había dicho “Voy a comprar una galleta al frente, espérame acá y por favor no te muevas”, como el estaba mirando el partido y sonriendo por dentro, no le presto atención. Cuando vio que la niñera cruzaba la calle se puso de pie y la siguió, cruzando la calle recibió un pelotazo que lo tiró al suelo y para su desgracia fue atropellado por un colectivo. Cuando abrió los ojos, encontró su cuerpo destrozado y a los lejos la pelota de fútbol culpable de su muerte. 
Se quedo contemplando su cuerpo muerto, sin poder comprender que pasaba. La gente empezó a agolparse frente a su cuerpo, el chófer del colectivo se agarraba la cabeza, mientras los curiosos y morbosos se quedaban mirando su cuerpo. Trato de hablar pero comprendió que nadie podía verlo ni escucharlo, a excepción de un hombre que se paró a su lado, tenía la piel roja y una barba totalmente desaliñada. 
—Eso sí que fue una ironía —dijo el señor Rot. 

LA PREVIA 

Pocho camino hasta la vuelta de su casa donde vivía Rata, un amigo que jugaba de mediocampista, que algunos comparaban con Juan Pablo Sorin y que se había ganado el apodo por sus enormes dientes, cuando estaba llegando, también llegaba Cachi, el goleador del equipo. Se saludaron con un fuerte apretón de manos. 
La previa al partido se juntaban con Rata y solían definir cómo se iba a parar el equipo, además de que ellos se encargaban de avisar a todos a que hora era el partido. 
Cuando Rata salió de su casa, se reia de oreja a oreja mostrando sus enormes dientes. Llevaba en sus manos una nueva pelota de fútbol que le había regalado su padrino, era la misma que iban a usar para el mundial de futbol que se disputaba en un par de meses, la dejó caer al piso y con un pequeño toque con la pierna derecha se la hizo llegar a Pocho. 
—¡Así que esto es el amor a primera vista! —dijo Pocho. 
—Lo mismo dije cuando la vi —replicó Rata. 
—Una vez le toque una teta a la profesora de física y no me lave la mano en una semana, pero acariciar una pelota nueva, es más lindo —dijo Cachi, sus amigos rieron. 
Durante un rato se la pasaron, la tocaban, la acariciaban, le decían piropos, como queriendo ganarse su simpatía y que en el partido de la tarde les favoreciera. Después se pusieron serios para hablar del partido. 
—Hace rato vino Pipo y me dijo que no podía venir porque tenía a la vieja descompuesta —dijo Rata. 
—Que cagada, ¿y quien se queda abajo conmigo? —dijo Pocho, no le había gustado para nada la noticia. 
—Lo hacemos bajar a Chuqui. 
—¿Completamos el equipo? 
—Sí, porque viene el primo de Rulo. 
—¿Que tal juega? 
—Juga bien, adelante, medio jeropa, así que hay que apurarlo para que baje y ayude. 
—Entonces con el primo de Rulo y Cachi, tenemos dos que se quedan boludeando arriba. 
—Eh, ¿Qué te pasa,? Que yo si corro —dijo Cachi que estaba sentado en el suelo. 
—A la hermana de Rata la corres —dijo Pocho 
—También a ella, pero hoy estoy con todas las pilas. Ustedes cualquier pelota que tengan me la tiran, que yo empiezo a gambetear y no me para nadie. 
—¡Que caradura! Si hubieras metido alguna la semana pasada no hubiéramos perdido. 
—Son rachas, asi somos los goleadores, además yo le dije a Pocho que quería jugar con el arco que da para el kiosco. Ese es mi arco, ahí siempre la meto. 
—¿El arco? No tiene nada que ver el arco, pasa que sos un muerto, mas vale que hoy la metas… —dijo Rata. 
Pocho se había quedado pensando en lo que dijo Cachi del arco, se puso a hacer cuentas mentalmente y la verdad era que Cachi tenía razón, cada vez que atacaban el segundo tiempo hacia el arco que tenia atrás un kiosko habían ganado y Cachi había metido varios goles. 
—Es verdad, ese arco tiene algo. 
—¿Que? No tiene nada que ver el arco, ¿te crees lo que dice este tarado? 
—Aunque sea por cábala vamos a pedir ese arco en el segundo tiempo —dijo Pocho. 
—Me parece bien, hoy voy a hacerme por lo menos tres goles y uno se lo voy a dedicar a la hermana de Rata —dijo Cachi después de decir eso, Rata le dio un golpe en el brazo. 
Pocho estaba decidido a que ellos ataquen contra ese arco en el segundo tiempo que era el definitivo, todo aquello que sirviera para ganar era bienvenido. Desafortunadamente alguien más había puesto sus ojos en aquel arco. 

NADA ES GRATIS 

—Eso sí que fue una ironía. El señor Weiss si que sabe divertirse. Uno que odia el futbol, muerto por culpa del fútbol. Una fina ironía —el señor Rot sonreía, y miraba al niño que no podía apartar los ojos de su cuerpo—. Deberías dejar de mirarte, ya esta, no hay nada que hacer, ese cuerpo ya no sirve. Deberías saber que el cuerpo es solo un frasco, un recipiente que guarda tu alma, el frasco se rompió y tu alma es libre. Te voy a contar algo, cuando uno muere solo hay dos opciones, arriba y abajo. 
Ir arriba o abajo, depende de tus actos en este mundo. Pero en casos como los tuyos donde eres tan nuevo en el mundo, tan inocente, no hay actos para juzgarte, así que quedarás atrapado aca, mientras tus actos futuros definirán a donde iras. 
El señor Rot miraba al ladrón de arcos, este lo miraba pero parecía no entender. 
—Parece que no entiendes de lo que hablo. Trata de recordar lo que te digo, dicen que los niños tienen buena memoria, en unos años tal vez puedas entender. Tienes suerte de haberme encontrado justo en este lugar. Buscaba algo en estas canchas, asi que de casualidad que estaba por aca, por lo general no hay nadie que te explique nada, asi que eres afortunado. Te dire algo mas, no te acostumbres a tu aspecto de niño, porque el alma adopta belleza o fealdad según tus actos. Bueno, tengo que irme, recuerda que me debes un favor —el ladrón de arcos dejo de mirar sus cuerpo en el suelo y miró al señor Rot—. No me mires así, yo todo lo hago por una razón, nada es gratis. Adios. 
Después de que se fuera el señor Rot, el ladrón de arcos se quedó mirando su cuerpo tirado, se quedó mirando cómo llegaba la ambulancia y como su cuerpo era llevado. Siguió mirando mientras la ambulancia se alejaba hasta perderse de su vista, después volvió a su realidad cuando escucho a los chicos que volvían a jugar a la pelota. Se quedó toda la tarde, hasta que oscureció cuando todos se fueron y volvió a sonreír recordando los rostros de decepción de los chicos al ver los arcos rotos. 
A veces el ladrón rompía los arcos, los desarmaba o hacia unos meticulosos cortes de manera que al primer pelotazo se desarmaban. A veces los arrancaba, con una pequeña cuchara que se había robado, empezaba cavando y luego los sacaba del suelo como si se tratara simplemente de alguna maleza en el jardín. Después los arrastraba lejos y los tiraba por ahí. Se le había hecho costumbre en vez de romperlos robarlos, los llevaba hasta el monte y los dejaba ahí, despintandose y oxidándose, no llevaba una cuenta de cuantos arcos tenía. Disfrutaba mientras los robaba, pero más disfrutaba ver la cara de decepción de los chicos que iban a jugar fútbol. 
Después de mucho tiempo de ir y venir por todos lados, de encontrar canchas de fútbol, de amargar partidos, un día el ladrón de arcos volvió a su barrio. Por un momento miro a su casa, pero ya no estaban sus padres que se habían mudado un mes después del accidente de su hijo, a pesar de lo que uno podría pensar, la muerte de su hijo realmente los había afectado, no se supo que fue de ellos, solo que nunca volvieron a tener hijos. 
Luego se sentó en la canchita de fútbol, en el mismo lugar con el que se sentaba con su niñera, en donde jugo su primer y unico partido. La forma de jugar de aquellos niños le recordó a los niños que lo habían despreciado, a pesar de ser solo un partido de fútbol, en donde no se jugaba por nada, se disputaba cada pelota como si fuera la última, cuando alguien la perdía o no corría, recibia reproches. Eso que pasaba en la cancha el ladrón de arcos no llego a comprenderlo, cuando empezo a gustarle mirar como jugaban, le faltaba mucho por saber, nunca comprendió que se ama el fútbol con pasión, que se transpira hasta la última gota y que en el fútbol, desde el que se juega en el patio de una casa o en la liga más importante, nadie quiere perder. 
El ladron se quedo mirando a un chico con la cabeza llena de rulos, no tenía gran técnica, era bastante rústico, pero cada pelota la peleaba como un guerrero, tal vez no era todo habilidad en el fútbol, pensó que tal vez él hubiera podido ser como aquel niño. Después de un rato, dejo de pensar y cuando el partido terminó, se fue a dar una vuelta por el barrio, ya volvería por aquellos arcos, como solía hacer siempre, la noche previa a los partidos, de manera que no había forma de reemplazarlos ni arreglarlos. 

TODOS SE FUERON 

Los tres fueron caminando hasta la cancha donde se jugaba el partido, estaba ubicada en el barrio San Pedrito, era un campo de juego donde entraban catorce jugadores, en algunas partes había césped, pero casi en su totalidad era de tierra, alrededor de la cancha había una calle donde pasaban autos y colectivos, había casas viejas al frente con la fachada toda despintada, unos perros flacuchos ladraban a todo el que pasaba a su lado. Le decían “La canchita del niño muerto”, por un niño que había muerto atropellado hace muchos años, se decia que después de aquel accidente el barrio se habia venido abajo y mucha gente se habia mudado. 
Mientras caminaban seguían hablando de correr, de marcar a tal jugador, de no hacer faltas cerca del área, de no dejar que le pegue de lejos este otro, de jugar por tal lado porque este defensor no corre. Pero cuando llegaron al campo se encontraron con algo que no esperaban. No había ningún jugador. Todos se habían ido, el único que estaba era Chino, que se acercó a ellos. 
—¿Y los demás? —pregunto Pocho sorprendido. 
—Se fueron —respondió a secas, Chino. 
—¿Cómo que se fueron? 
—Les dije que se fueran, nos dimos cuenta de que ustedes son mejores y mejor no jugar. No queremos regalar plata. 
—¿Que? 
—Es broma, pasa que se cansaron de esperar y se fueron, ustedes tardaron mucho en llegar. 
—El partido es a las cuatro, son las cuatro menos diez —dijo Pocho molesto. 
—El partido era a las tres, dijimos a las tres —dijo Chino. 
Pocho lo conocía a Chino desde chico y sabía que por lo general no se tomaba nada en serio, tenía una actitud relajada y cansina que a vece irritaba, a diferencia de él que todo se lo tomaba en serio. 
—Chino, deja de boludear y decime a donde mierda se fueron los demás. 
—Preferían gastar la plata de la apuesta en algo mejor, creo que se fueron al cine. 
—Ya me estoy cansando, deja de boludear —dijo Pocho, ahora sin disimular el enojo. 
—No te enojes, loco. Mira la cancha y decime si notas algo raro. 
—Te dije que la cortes, que ya me estoy cansando. 
—En serio te digo, entra a la cancha y fijate que notas. 
Pocho camino hacia la cancha y piso una parte donde había césped. Miro hacia ambos extremos de la cancha y no tardó nada en darse cuenta de lo que pasaba, “Los arcos”, dijo primero en su cabeza. Los otros chicos estaban justo a detras de el. 
—¿Y los arcos? ¿Donde estan los arcos? —Pocho se dio vuelta, miró con desesperación a sus amigos, estaba consternado. 
—No tengo idea, mira, nosotros llegamos hace diez minutos y cuando los demás vieron que no había arcos, se fueron a la mier… 
—Pero, le hubieras dicho que se queden, nos vamos a jugar a otro lado —lo interrumpió Pocho, estaba exaltado. 
—¿Sábado? ¿A esta hora? Todas las canchas están ocupadas por los veteranos y las otras ligas, la única cancha desocupada es esta, ademas, parece que estaban todos con el tiempo justo, cuando vieron que no había arcos, se fueron todos. Por lo menos me quede para decirles a ustedes. 
—Entonces juguemos mañana. 
—El lunes hay clases, y ando mal en la escuela, ni en broma mi vieja, me va a dejar venir y yo creo que la semana que viene el sabado no voy a poder. La verdad es que nos quedamos con las ganas de pintarles la cara de nuevo, pero bueno. En la semana si te veo arreglamos. Nos vemos. 
Chino se despidió, y se fue caminando a su casa. Los tres amigos se quedaron mirando hacia la cancha, se pusieron de acuerdo y compraron una Coca-Cola, se sentaron en la cancha en la parte que había pasto, mirando hacia donde antes estaban los arcos. Rata les dio un vaso de plástico a cada uno y sirvió la gaseosa. 
—Que se va a hacer, hay que tener paciencia, el fútbol da revancha —dijo Rata para romper el silencio que se había apoderado de los chicos—. Lo bueno es que para el próximo partido va a estar Pipo. 
—Por lo menos —dijo Pocho en un tono de resignación—. Tenía ganas de jugar hoy, toda la semana estuve pensando en el partido, encima que quede con bronca del partido pasado. 
—Nos cargaron mal, yo voy a la misma escuela que el arquero de ellos, el gordo Jorge. Lo tuve que soportar, estaba agrandado, siempre lo vacuno y ahora se hacía el gran arquero. 
—Si hubieras metido alguno… —dijo Rata. 
—Ya te dije que son rachas que tienen los goleadores —respondió Cachi—. Pero hoy seguro la cortaba, le iba a gritar en la cara los goles al gordo infeliz ese. 
—¿Quien puede ser tan desgraciado para robarse los arcos? —pregunto Pocho. 
—No se, pero ojala los use para jugar al fútbol y no para otra cosa —dijo Rata. 
—¿Otra cosa? ¿Como que? —pregunto Pocho. 
—Que se yo —respondió Rata. 
Cuando la gaseosa se terminó, se quedaron un rato más hablando de futbol. Despues se fueron caminando, todavía con un sabor raro en la boca. 

EL DESTINO DE LOS HOMBRES 

El ladrón de arcos se sentó al costado de la cancha, un anciano se sentó justo al lado de él, lo cual no fue de su agrado, cualquiera que lo conociera, sabía que el ladrón de arcos odiaba la compañía. 
—¿Ya están por empezar? —pregunto el anciano. 
El ladrón de arcos asintió con un pequeño movimiento de cabeza, era la segunda persona que le hablaba esta semana. Todo se le hacia muy raro. 
—¡Que lindo arcos! Me acerque recién para verlos, te habrá costado mucho traerlos. Con todo el poder que tienen, no entiendo esto de pedirte que los robes. ¿No pudieron pedirle a alguien que se los preste? Bueno, nosotros no entendemos jamás sus actos, antes decía "Todo tiene una razón de ser" Pero ahora que lo estoy viendo me doy cuenta que todo es una joda. 
El ladrón de arcos no hizo ningún gesto en particular. Su cabeza estaba en otro lado, quería ver la cara de los chicos al llegar a la cancha y no ver los arcos, ese era su momento favorito y se lo había perdido. 
—O tal vez sí, tal vez yo no lo vea. ¿Vos podes ver algún motivo oculto en esto? Tal vez se juegue el destino de los hombres. 
El ladrón de arcos se dio vuelta y se quedó mirando al anciano, por un momento en sus labios pareció que saldría alguna palabra, sin embargo no dijo nada y se fue a sentarse al otro extremo de la cancha.

REFUERZOS 


—Bueno, hoy creo que damos vuelta el historial, tengo un par de refuerzos que no tenes idea. 
—dijo el señor Rot. 
—Siempre decís eso, y hace cuánto que no ganan un partido, ya se esta haciendo aburrido esto, ademas el hijo del que vendia garrafas tendria que esta en mi equipo, no se porque deje que te lo lleves —dijo el señor Weiss. 
—Deja de quejarte, eso sin contar otro refuerzo que pronto viene para aca. Un zurdo que la mueve como... bueno, como vos —dijo el señor Rot. 
—Si estas pensando en el que me pidió la mano. ¡Ja! Olvídate. Ese es mio. 
—dijo el señor Weiss. 
El señor Weiss se quedo en el círculo central, mientras pisaba la pelota Tango. El señor Rot empezó a retroceder de espaldas mirando al señor Weiss. Todos los jugadores ya estaban ubicados en sus posiciones, el equipo del señor Weiss tenía camisetas blancas con rayas celestes y en el equipo del señor Rot las camisetas eran de un color rojo como la sangre. 
—Bueno, entonces, ¿porque jugamos? —dijo el señor Rot. 
—Dejame pensar, ¿por la paz del mundo? —dijo el señor Weiss. 
—¿Por el fin de nuestra eterna guerra? —dijo el señor Rot. 
De pronto ambos sonrieron. 
—¡Por la Coca! —dijo el señor Rot y la pelota empezó a rodar. 






—El ladron de arcos—